Hebreos 11,30-40 – parte 1, Los muros de Jericó y Rahab

Hebreos 11:30–40 – parte 1, los muros de Jericó y Rahab.

 

30  Por fe cayeron los muros de Jericó con rodearlos siete días.

31    Por fe Rahab la ramera no pereció juntamente con los incrédulos, habiendo recibido a los espías con paz.

32   ¿Y qué más digo? porque el tiempo me faltará contando de Gedeón, de Barac, de Samsón, de Jephté, de David, de Samuel, y de los profetas:

33   Que por fe ganaron reinos, obraron justicia, alcanzaron promesas, taparon las bocas de leones,

34   Apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de cuchillo, convalecieron de enfermedades, fueron hechos fuertes en batallas, trastornaron campos de extraños.

35   Las mujeres recibieron sus muertos por resurrección; unos fueron estirados, no aceptando el rescate, para ganar mejor resurrección;

36   Otros experimentaron vituperios y azotes; y a más de esto prisiones y cárceles;

37    Fueron apedreados, aserrados, tentados, muertos a cuchillo; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras , pobres, angustiados, maltratados;

38   De los cuales el mundo no era digno; perdidos por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra.

39   Y todos éstos, aprobados por testimonio de la fe, no recibieron la promesa;

40   Proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen perfeccionados sin nosotros.

 

Así estamos llegando al final de la galería de héroes de la fe que presenta el apóstol en este ilustrativo capítulo.

 

Este mensaje lo dividiremos en dos partes, hoy cerraremos la revisión de los héroes de la fe que menciona Pablo en esta galería y el próximo domingo la conclusión de este hermoso capítulo 11 de la epístola de Hebreos.

 

El recuerdo de las proezas que Jehová obró en favor de su pueblo, el apóstol lo encierra en un apretado listado que nos hace pensar en lo maravilloso e impactante que debió ser para el pueblo de Dios que tuvo el privilegio de vivir esas experiencias.

 

Sin duda hasta aquí todos los casos presentados son personajes que podríamos pensar que no hay duda que debían estar presentes en esta galería, pero no nos engañemos todos ellos eran tan pecadores e indignos como cualquier ser humano común y corriente, nada más que algo los hizo destacar del resto: la fe.

 

Todos los casos anteriores son el ejemplo de vida de los patriarcas, hombres que mostraron en numerosos episodios de sus vidas las debilidades propias del ser humano caído, y que nada había naturalmente en ellos digno de ser alabado, salvo la fe que supieron depositar correctamente.

 

Hoy nos detendremos en dos ejemplos que son de una naturaleza totalmente diferente y que nos muestran cómo Dios obra por medio de la fe en una congregación dispuesta a hacer la voluntad de Dios y en alguien que ante los ojos del resto merecía el mismo destino de todos, pero que la fe depositada correctamente cambió su destino y transformó su vida, tal como ha ocurrido con cada uno de los redimidos por la preciosa sangre de Cristo vertida en la cruz.

 

Lo que ahora nos ocupa es una nueva demostración de la fe o confianza incondicional en la Palabra de Dios y simplemente porque Dios lo dijo. Esta es una gran lección para la Iglesia. Debemos aprender a tomar la Palabra de Dios tal como ella es y entregarnos con toda confianza en los brazos de nuestro bendito Señor.

 

Buscar las razones de lo que Dios pide no es fe, es una muestra del mismo afán pecaminoso de hacerse como Dios que Satanás implantó en el corazón de Eva en el Huerto de Edén. La fe no demanda conocer las razones de Dios, simplemente actúa con la preocupación de cumplir con la voluntad de Dios.

 

La caída de los muros de Jericó es una perfecta muestra de lo que les acabo de decir. Jericó era una ciudad fortificada y prácticamente inexpugnable, era la entrada a la Tierra Prometida y representaba un tremendo obstáculo a vencer hasta para el ejército mejor equipado de la época, lo que el pueblo de Israel estaba muy lejos de ser.

 

Conocemos la historia, Dios ordenó a los hombres de guerra que marcharan en torno a la ciudad durante una semana, una vuelta por día durante los primeros seis días y siete el séptimo día. Esto parecía a los ojos de los hombres un absurdo, el pueblo de Jericó estaba consternado mientras el pueblo de Israel, sin comprender cómo, simplemente obedeció, y no fue en vano pues al final de la séptima jornada llegó el éxito, tal como Dios lo había prometido. No fueron los gritos del pueblo ni el sonido de las trompetas lo que derrumbó los muros de Jericó, fue la fe en que la Palabra de Dios se cumple lo que movió al pueblo a obedecer como un solo hombre el mandato divino y pudieron una vez más la fidelidad de Dios.

 

Satanás trata de hacer pensar a los hijos de Dios que se encuentran rodeados por fortalezas inexpugnables que no podrán vencer, aunque son sólo ilusiones, el diablo hace lo posible porque el creyente débil las vea como si fueran reales, su fin es sembrar la duda del poder de la Palabra de Dios.

 

La caída de los muros de Jericó son una tremenda lección para nosotros, el testimonio del apóstol es claro: Por fe cayeron los muros de Jericó con rodearlos siete días.

 

Dios demandó de su pueblo un acto de fe. El pueblo confió en la Palabra de Dios y se preparó para cumplirla, ni una sola objeción se atisba en Josué 6, simplemente el pueblo se alistó a cumplir sin cuestionamientos. Una semana más tarde estaban viendo que la Palabra de Dios se cumple sin necesidad de agregar algo a ella. El pueblo sólo hizo lo que Dios mandó, con todo lo absurdo que al parecer del hombre podía ser, Dios estaba dándoles una lección para doblegar el posible orgullo que podía estar alojado en el corazón del pueblo de Israel.

 

Quiero destacarles como en este caso la fe es una fe colectiva, es la fe que Dios espera esté presente en cada congregación fiel, es la fe que Dios espera sea la característica de nuestra amada Iglesia Smirna. Dios tiene desafíos personales y desafíos colectivos. En los primeros, cada creyente es responsable y deberá dar cuenta ante el Señor. En los segundos es necesario que toda la congregación actúe unida en pro de la extensión del evangelio, en la edificación de los creyentes y en la defensa de la fe.

 

Pablo escribiendo a los corintios les dice en 1ª Corintios 1:22–29:

22    Porque los Judíos piden señales, y los Griegos buscan sabiduría:

23       Mas nosotros predicamos a Cristo crucificado, a los Judíos ciertamente tropezadero, y a los Gentiles locura;

24       Empero a los llamados, así Judíos como Griegos, Cristo potencia de Dios, y sabiduría de Dios.

25       Porque lo loco de Dios es más sabio que los hombres; y lo flaco de Dios es más fuerte que los hombres.

26       Porque mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, no muchos poderosos, no muchos nobles;

27        Antes lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo flaco del mundo escogió Dios, para avergonzar lo fuerte;

28       Y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es:

29       Para que ninguna carne se jacte en su presencia.

 

No es muy distinta nuestra situación a la vivida por Israel enfrentando la fortaleza de Jericó, por eso debemos aprender la lección de depositar toda nuestra confianza en Dios y en su  Palabra, es lo único firme a lo que podemos aferrarnos, tal como lo testifica David en el Salmo 18:1–3:

1      Amarte he, oh Jehová, fortaleza mía.

2          Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fuerte mío, en él confiaré; escudo mío, y el cuerno de mi salud, mi refugio.

3      Invocaré a Jehová, digno de ser alabado, y seré salvo de mis enemigos.

 

La caída de Jericó nos muestra que una Iglesia unida por la Palabra de Dios es una Iglesia que estará en capacidad de hacer la obra de Dios y que verá que esa obra es fortalecida por Dios. Tomemos conciencia que nosotros sólo somos instrumentos en las manos de un Dios Todopoderoso, lleno de bondad y misericordia que nos toma de la mano y nos conduce por el camino de esta vida mostrándonos su Soberanía y amor.

 

Quiera el Señor obrar en nuestros corazones y como un solo corazón exclamemos junto a David:

1      Oye, oh Dios, mi clamor; a mi oración atiende. 

2          Desde el cabo de la tierra clamaré a ti, cuando mi corazón desmayare: a la peña más alta que yo me conduzcas. 

3          Porque tú has sido mi refugio, y torre de fortaleza delante del enemigo. 

 

El segundo ejemplo para hoy es el caso de Rahab, dificulto que esta mujer, consciente de la vida que llevaba en Jericó se le hubiera pasado por la mente la idea que un día formaría parte de este selecto grupo de héroes de la fe. Una cananea idólatra con una vida que incluso en sus días era de mala reputación.

 

Por fe Rahab la ramera no pereció juntamente con los incrédulos, habiendo recibido a los espías con paz.

 

El ejemplo de Rahab es una gran lección que de alguna manera nos explica cómo es que nosotros hemos sido llamados a los caminos de Dios.

 

Las proezas hechas por Dios para que Egipto dejara salir a Israel de sus dominios y el cruce del Mar Rojo eran ampliamente conocidas por los pueblos de la época, esa era la luz que Dios puso a esa gente para mostrarles su poder sobrenatural.

 

Mientras el resto de los habitantes de Jericó depositaron su confianza en los muros que supuestamente los protegerían, despreciando el poder de Dios, esto es propio de la incredulidad que caracteriza al mundo hasta hoy, en el corazón de esta mujer se desarrollo una certeza de que su vida y la de su familia sólo podía estar segura al alero del Dios de Israel.

 

Esta fe la llevó a tomar grandes riesgos al acoger en su casa a los espías que envió Josué. No olvidemos que hasta ese momento Rahab era una inconversa viviendo en condenación a causa de sus pecados, sin embargo, a pesar de eso obró depositando una incipiente fe en el Dios de Israel.

 

Es emocionante cómo con una luz tan tenue de Dios, esta mujer tomó esos riesgos con la confianza puesta en un Dios que para ella era desconocido, pero abrió su corazón a Él. La gracia de Dios alcanzó a Rahab, tal como nos ha alcanzado a nosotros.

 

Rahab es una muestra de la potencia redentora y transformadora del evangelio, esta mujer hasta ese momento una extranjera en el pueblo de Israel depositó su fe en el único Dios vivo y verdadero y eso le significó en primera instancia la vida. Su acto de fe permitió que junto a su familia fueran los únicos sobrevivientes de Jericó.

 

Unos 1.000 años más tarde, cuando el evangelio es predicado por Pedro a los gentiles y él constata cómo al oír las buenas nuevas de salvación, ellos acudían en arrepentimiento y fe a los pies de Cristo para pedir el perdón de sus pecados, de alguna manera representados en la antigüedad por Rahab, Pedro reconoce un hecho de gran bendición para nosotros que fue la misma bendición recibida por Rahab: Por verdad hallo que Dios no hace acepción de personas; sino que de cualquiera nación que le teme y obra justicia, se agradaHechos 10:34–35.

 

Esa cuerda grana que debía colocar en la ventana de su casa, ubicada en el muro de la ciudad, que sería el distintivo para que los israelitas supieran que los habitantes de esa casa debían ser librados de la muerte decretada por Dios para Jericó, es una preciosa ilustración de la sangre de Cristo vertida en la cruz por el perdón de nuestros pecados y salvación de nuestra alma.

 

Sólo la fe en el Dios verdadero sacó a Rahab de su antigua vida, lo mismo espera ver Dios en la vida de cada redimido. Muchos han tratado de justificar la ocupación de Rahab para “dignificarla”, Juan Calvino dice que eso es un error, cuando en Josué se dice que era una ramera lo que se está afirmando que ejercía la prostitución, esa era fue su antigua vida y de ahí por la gracia de Dios salió, fue hecha una nueva criatura, como tú y yo lo fuimos cuando entregamos nuestra vida a Dios. Nuestra situación no es diferente a la Rahab que acogió a los espías israelitas, Pablo afirma: Y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es: para que ninguna carne se jacte en su presencia1ª Corintios 1:28–29. 

 

La sencilla fe de esta mujer no sólo la llevó a confiar en el Dios de Israel, Dios la recompensó de una manera preciosa, siendo extranjera en medio de la nación de Israel, fue la madre de Booz, esposo de Ruth, tatarabuelos del rey David, y así nos encontramos con que Rahab es ascendiente del propio Jesús, el Mesías prometido.

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